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Durante años, el tenis se mantuvo en un segundo plano, asociado a una práctica constante pero más bien silenciosa. Sin embargo, en el último tiempo, ha vuelto a instalarse con fuerza, no solo como disciplina competitiva, sino también como parte de una rutina cotidiana donde deporte y estilo de vida se cruzan con naturalidad.
Hoy, el tenis ya no se observa únicamente desde la cancha. Se vive también fuera de ella.
El auge responde a múltiples factores. Por un lado, hay una revalorización del deporte como ritual: horarios definidos, espacios cuidados y una práctica que requiere técnica y constancia. En contraste con entrenamientos más caóticos o de alta intensidad, el tenis propone un ritmo distinto, más enfocado en la repetición y la precisión.
A esto se suma una dimensión estética que ha sabido evolucionar. El llamado tenniscore se ha instalado de forma silenciosa pero consistente: faldas tableadas, polos estructurados, suéteres sobre los hombros y una paleta dominada por blancos, verdes y tonos sobrios. Más que una referencia literal, se trata de una adaptación actual de códigos clásicos.






En Chile, este interés también se ha hecho visible. Eventos como el Chile Open no solo convocan a seguidores del deporte, sino que también funcionan como espacios de encuentro en torno a la experiencia completa del torneo.
Las nuevas generaciones han sido clave en este regreso. Existe un interés creciente por disciplinas que combinan actividad física con una práctica constante y sostenida en el tiempo. El tenis, en ese sentido, logra integrarse con facilidad a distintas rutinas.
¿Es una tendencia pasajera? Todo indica que no. A diferencia de otros fenómenos más efímeros, el tenis tiene una base sólida que le permite adaptarse y mantenerse vigente.
